"> Opinión :: La deportividad hecha lágrimas – Revista Morcego
Opinión Opinión :: La deportividad hecha lágrimas

Opinión :: La deportividad hecha lágrimas

Durante una media hora, poco menos de treinta minutos, Goichi GO1 Kishida y Dominique SonicFox McLean desaparecieron de la faz de la tierra. Fueron trasladados a otra dimensión, producto de su concentración y del aprecio real entre rivales de la más alta categoría, y allí se enfrentaron, ajenos al mundo y a sus cámaras, sus ojos; enemigos íntimos hasta el final.

Los juegos de lucha han perdurado como un género competitivo incorruptible. Conservan la esencia más pura de todas las que un videojuego podría presumir: estar a la vera de tu rival. No hay una cabina de cristal alejada y solitaria, sino dos asientos, uno al lado del otro, y una pantalla en la que el golpeo de botones se traducen en acciones. Cara a cara. Un viaje a lo que hoy es prehistoria, aquella recreativas en las que el mejor del barrio se medía con el mejor del otro barrio, sus amigos miraban alrededor, alguno ya fumaba, y las monedas caían por una ranura.

No hace faltan cursos previos ni clases particulares para percibir la emoción ajena. Somos humanos. Las lágrimas de Shanks, cuando sabe que acaba de entrar entre ese selecto grupo formado por los ocho mejores jugadores del mundo, son respaldadas por los abrazos de sus compañeros, sonrientes, seguramente recordando la locura que supone todo aquello, el haber viajado a Las Vegas para poder echar unas partidas, para que luego tu nombre ocupe portadas y titulares. Una lírica que no todo el mundo comprende y que incluso se niega a validar, que no quiere reconocer el valor del apostar por algo hasta el final, la prohibición del botón Start como profesión, la estupidez al cuadrado.

Quien no quiere comprender el llanto final de GO1, no quiere entender nada. Ahí, tras ese puñetazo preciso de Bardock hacia Boo, de ese combo que vaticinaba el final de un combate que se había estirado lo máximo posible, como esos sueños que caminan en el limbo del bien y del mal, que no queremos estrictamente que acaben, pero que precisan de un punto en la última frase; ahí, el jugador japonés supo que podía derrotar a su rival.

La cámara ni siquiera muestra los últimos segundos de combate, la desaparición de la barra de vida del último personaje de SonicFox. Ya se sabía que no había vuelta atrás. GO1 se echa las manos a la cara y se oculta en un gesto de vergüenza que solo los campeones de verdad conocen, seguido de otro movimiento que solo los mejores perdedores realizan, abrazar al ganador, sonreír junto a él. El estadounidense que viste de lobo coge el brazo de su rival y lo eleva, lo presenta al público como si se tratase de un desconocido recién llegado a la fiesta: «este es su campeón». Todo se dibuja como un antiguo ritual pasado de finalista en finalista.

Llega el abrazo mutuo, el aprecio real. Desaparece la dimensión que habían creado y los flashes de las cámaras funcionan como metralletas de luz. El sueño ha acabado pero continúa en este lado. El mundo escucha la felicidad de GO1, sus agradecimientos; SonicFox quiere recordar que es homosexual y sí, claro, que es el segundo mejor jugador de Dragon Ball FighterZ del mundo. Nadie que lo haya visto lo olvidará.

Carlos Pereiro
Carlos Pereiro

Creador de Morcego. Escribo cousas, falo de cousas e encántame escoitar cousas.